

En el marco del programa de Catalunya Radio Revolució 4.0 -dirigido por Xantal Llavina- centrado en el debate sobre la compatibilidad entre humanos e inteligencias artificiales, el equipo organizador nos lanzó una pregunta incómoda: ¿cómo integrar una IA en una tertulia sin convertirla en un humano más?
La tentación era evidente: ponerle nombre, voz y silla en la mesa. Antropomorfizarla. Hacerla “uno más”. Pero si queríamos hablar en serio de IA, no podíamos empezar mintiendo sobre lo que es.
El reto no era técnico. Era conceptual. ¿Cómo demostrar el valor real de una IA en directo, ante una audiencia exigente, sin caer en el hype ni en la caricatura?
El objetivo era integrar una IA en el programa sin humanizarla, generar valor real más allá del espectáculo y demostrar que una inteligencia artificial puede aportar perspectiva sin simular conciencia. Todo ello debía traducirse en una experiencia memorable para la audiencia y coherente con el medio radiofónico.
No se trataba de impresionar. Se trataba de provocar reflexión.
Lo primero fue entender el contexto humano: tertulianos con opiniones fuertes, una audiencia experta y un medio —la radio— donde la voz lo es todo. Detectamos dos riesgos claros: que la IA se convirtiera en un simple gimmick sin profundidad o que se la tratara como una persona más, diluyendo el mensaje de fondo. Si el debate era sobre inteligencia artificial, la experiencia debía encarnar esa postura desde el diseño.
Decidimos que la IA no participaría en tiempo real como tertuliano. Escucharía, analizaría y esperaría. Su intervención llegaría después de cada mesa redonda, sin emociones, sin ego y sin necesidad de tener razón.
El sistema fue diseñado para analizar las intervenciones, detectar incongruencias y contradicciones, identificar aportaciones originales y sintetizar el debate con coherencia. Solo si existía un espacio real para aportar valor, añadía una reflexión desde una perspectiva no humana. Nada de opiniones impostadas. Nada de “yo creo”.
La decisión de darle nombre fue estratégica. En radio, lo abstracto no funciona; necesitábamos una identidad sonora que permitiera al público identificar cuándo intervenía el sistema. Así nació ARTICA.
No como personaje ni como tertuliana, sino como sistema. Nombrarla no fue humanizarla, fue hacerla operativa dentro del formato y coherente con el canal.
El programa funcionó. Pero lo relevante no fue que funcionara técnicamente, sino que generó conversación. La audiencia entendió la diferencia entre una máquina que resume y una máquina que analiza.
Se evidenció que la IA puede aportar valor sin simular humanidad y que el verdadero sesgo no está en las máquinas, sino en nuestra obsesión por convertirlas en personas. El sistema cumplió exactamente para lo que fue diseñado, ni más ni menos. Y eso, en un entorno saturado de promesas infladas, ya es impacto.
Si estás integrando IA —o pensando en hacerlo— aquí van algunas preguntas incómodas que deberías hacerte:
La IA no necesita parecer humana para generar valor. Necesita contexto, propósito y un diseño consciente.
En Artefacto no aplicamos IA porque esté de moda. La aplicamos cuando aporta valor real al negocio y a las personas. Y diseñamos procesos que puedes sostener sin depender eternamente de nosotros. No trabajamos con cualquier organización. Trabajamos con las que quieren construir su “yo del futuro” de forma responsable.